Me volví a encontrar frente a la fachada desconchada, a la sombra de una palmera curva, donde una vez pasé los mejores días de mi vida. Sigue exactamente igual de cochambrosa que el día en que lo dejé. Ahi, en mitad de la nada, al pie de una carretera que ya nadie transita. Era mi viejo antro, el del macetero vacío a la zurda de la puerta y la ventana en el recodo saliente a la diestra. ¿Quién me diría que volvería?
Realmente, no he vuelto por voluntad, si no porque este viejo, oscuro y sucio sitio me llama cuando sabe que lo que necesito es digerir la soledad; con otra dosis de la misma acompñada con humor y crítica.
No he querido abrir la puerta aún, me basta, por el momento, quedarme de pie en la entrada, admirando la nada, que baja a un valle, que queda justo detrás de la tabernucha. Como si fuera un viejo amigo al que se acude cuando las cosas van mal. Allí siempre encontré las respuestas y soluciones, pero pagando en tristeza y realidad.
Pero, nunca me hizo daño su silencio; así que ya va siendo hora de decidirse, y entrar.
